A prácticamente un año de que arranque el proceso electoral para renovar los 84 ayuntamientos en el estado de Hidalgo, hay municipios donde la disputa no será tersa, sino frontal. Uno de ellos, sin duda, es Progreso de Obregón, donde el pasado político no solo se niega a morir, sino que sigue marcando la agenda del presente.
En ese escenario, el nombre de Diana Rangel aparece más como una necesidad que como una opción. La actual diputada local de Morena se perfila, o la perfilan, como la carta fuerte del gobierno estatal para intentar poner punto final a la era de Armando Mera, un personaje que, aun con antecedentes judiciales y políticos adversos, mantiene presencia y estructura.
Tras la detención y encarcelamiento del exalcalde Armando Mera por malversación de recursos, episodio que muchos interpretaron como el fin de su influencia, parecía que el tablero quedaba despejado. Sin embargo, su salida de la cárcel, luego de pagar una millonaria cantidad, fue también el punto de reactivación de su grupo político, que volvió a tomar aire y a marcar postura, principalmente a través de redes sociales, donde el golpeteo hacia el gobierno de Julio Menchaca ha sido constante, y en general, golpeando a todo aquel que se atreva a pensar diferente.
Así, lo que parecía un asunto resuelto se convirtió nuevamente en un foco rojo para la administración estatal.
Frente a eso, la apuesta por Diana Rangel no deja de ser arriesgada. Si bien representa la línea institucional y el respaldo del gobierno estatal, su posicionamiento real en el municipio es todavía muy, pero muy limitado.
La ciudadanía conoce poco, o nada, de su trabajo legislativo y su estructura política luce, por ahora, modesta. A eso se suma un entorno de asesores que han optado por la cautela, quizá excesiva, y algunas “amistades” y compañías incómodas que, en campaña, podrían pesar más que sumar.
El problema de fondo no es solo quién compite, sino cómo compite. Porque enfrentarse a un grupo consolidado con una candidatura que aún no termina de cuajar puede resultar insuficiente. Más aún en un municipio con una característica muy particular: es tranquilo en apariencia, pero implacable en las urnas.
Aquí no hay sobreoferta de aspirantes, como en otros municipios. En Progreso ocurre lo contrario: sobran partidos, pero faltan perfiles con arraigo, carácter y, sobre todo, valentía política. Nadie quiere exponerse a una contienda que se anticipa ríspida, polarizada y con costos altos.
Por eso, la eventual candidatura de Diana Rangel no solo será una prueba para ella, sino para toda la estrategia del gobierno estatal. Porque si algo ha dejado claro la historia reciente de Progreso de Obregón es que los cálculos políticos no siempre coinciden con el ánimo ciudadano.
La pregunta no es si es la mejor carta. ¿Es la única?, ese cuestionamiento deberá poner a pensar a la legisladora y su grupo de “asesores”, es momento, incluso ya tarde, de dar la cara y que lo población conozca del trabajo.
A este panorama se suma un factor igual de preocupante: otras corrientes políticas ni siquiera han logrado definir un camino claro. Se mueven sin rumbo, sin estrategia y sin liderazgos visibles; sin embargo, coinciden en un objetivo común, casi tácito: evitar que se repita uno de los pasajes más oscuros en la historia reciente de Progreso de Obregón. Una coincidencia que, por sí sola, no construye victorias, pero sí revela el tamaño del temor que aún pesa sobre el municipio.
